|
Pronunciamientos Sociales en Español | La Peña de
Muerte

Adoptado por más de dos terceras partes del voto
mayoritario (803-30) como un pronunciamiento social de la Iglesia
Evangélica Luterana en América, durante la Cuarta Asamblea Nacional de
la IELA celebrada el 20 de agosto de 1995, en Minneapolis, Minnesota.
En la Iglesia Evangélica Luterana en América compartimos con la
Iglesia de Jesucristo en todo momento y en todo lugar el llamado a
convertirnos en hacedores de la paz. En la liturgia de la Santa
Comunión oramos "por la paz en el mundo entero," pidiendo: "Señor, ten
piedad." Nuestra súplica une la fe en el Dios Trino a los sufrimientos
y las esperanzas de nuestro mundo.
Al final de un siglo tumultuoso y violento, compartimos con gentes
de todas partes, la esperanza en un mundo más justo y en paz. Con este
pronunciamiento sobre la paz internacional, nos esforzamos por
fortalecer nuestra perspectiva global como cristianos, tanto en el
sentido individual, como en el de cuerpo eclesial, a pesar de las
fuertes corrientes que nos llevan a meternos dentro de nosotros
mismos. Mientras que nuestro mundo descarta la existencia misma de la
Guerra Fría y se enfrenta a las nuevas amenazas y oportunidades de
este mundo cambiante, nos unimos a otros en la búsqueda de todo
aquello que contribuye a la paz.
Más importante aún: este pronunciamiento nos recuerda que la base
del llamado a la paz de esta nuestra Iglesia está en la paz final de
Dios, la paz del reino eterno de Dios. Ese llamado es el de proclamar
el Evangelio de la paz final de Dios y a trabajar por la paz terrenal.
Este pronunciamiento entiende que la paz terrenal significa las
relaciones entre y dentro de las naciones más justas, viviendo en
armonía y libres de la guerra. Nos ofrece una guía mientras actuamos
para mantener y construir la paz terrenal, en la víspera de un nuevo
milenio.
Agradecemos el legado de trabajo en favor de la paz que nuestras
comunidades predecesoras dieron a nuestra iglesia.1 Confesamos que muy
a menudo nos hemos quedado cortos respecto de nuestras
responsabilidades por la paz. Oramos por el perdón, y por la fe que
actúa por amor en favor de la paz terrenal. Nuevamente, nos dedicamos
a orar y a obrar por la paz en el mundo de Dios.
1. El Dios de la Paz
La narrativa bíblica revela la resolución de Dios en pro la paz.
Dios creó todas las cosas y da unidad, orden y propósito a un mundo
de criaturas diferentes. Todos los humanos somos creados a imagen de
Dios (Génesis 1:27), hechos para vivir en comunidad con Dios, con los
demás y con el resto de la creación.
Todos los humanos estamos unidos también por el pecado. El pecado,
que es la ruptura de nuestra relación con Dios, perturba profundamente
la creación. El centrarse en sí misma, en vez de centrarse en Dios,
destruye los lazos de la comunidad humana. Por la esclavitud del
pecado, quedamos cautivos del temor. El pecado enreda nuestras
estructuras sociales. La Biblia describe el poder del pecado como:
ingratitud, engaño, desconfianza, odio, codicia, envidia, arrogancia,
indolencia, corrupción, libertinaje, agresión, crueldad, opresión e
injusticia. Todo esto vulnera a la comunidad y genera matanzas y
guerras.
Sin embargo, Dios preserva al mundo, limitando los efectos del
pecado, buscando el bien aun en la maldad y haciendo posible la paz
terrenal. Por medio de la Ley, el soberano Dios de las naciones hace
responsables a todos de su prójimo, protege a la comunidad y bendice a
la creación por siempre jamás. Muy a menudo, Dios actúa de modo oculto
e inescrutable. El juicio divino aparece sobre esta humanidad
pecadora, ante nuestro fracaso de vivir juntos con justicia y paz, y
llama a todos al arrepentimiento y a la fe en Dios. La justa ira de
Dios contra todo lo que desata el caos y la destrucción es en el
servicio de la resolución divina a favor de la paz.
La resolución divina por la paz se manifestó de una nueva manera
por medio de un pueblo que Dios eligió para que sea una bendición para
todos. A través del pueblo de Israel, Dios actuó para reconciliar a la
creación, prometiendo un reino en el cual la paz y la justicia se
besarán la una con la otra (Salmo 85).
La promesa divina se cumple en Jesucristo. Rechazado por los
humanos, Jesús fue confirmado por Dios quien lo resucitó de entre los
muertos por el poder del Espíritu Santo, para que "sobre la tierra"
exista "la paz" (Lucas 2:14). Para traer esta paz:
- Jesús nos enseñó a amar al enemigo;
- Se acercó a los oprimidos, marginados y rechazados de la tierra;
- Oró por sus enemigos mientras era expoliado sobre la cruz;
- sobre todo, a través de la muerte violenta de Jesús, Dios
redimió al mundo, "porque... cuando todavía éramos sus enemigos, nos
puso en paz consigo mismo mediante la muerte de su Hijo" (Romanos
5:10).
Este amor conciliador hacia el enemigo nos revela cuán
profundamente arraigada está la paz en Dios mismo. La cruz de Cristo
representa la voluntad divina por la paz, de una vez y para siempre.
"El Dios de la paz"2 sufre con y por un mundo doliente y pecador, para
que toda la creación pueda disfrutar de la comunidad amorosa del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
"El Evangelio de la paz" (Efesios 6:15) restaura nuestra relación
quebrantada con Dios, eliminando hasta la más recóndita raíz de la
violencia y la injusticia. El Evangelio derriba las murallas de
hostilidad que dividen a los pueblos, crea una nueva
humanidad—convirtiendo a Jesucristo en "nuestra paz" (Efesios
2:13-22)—y prometiendo la reconciliación de todas las cosas en
Cristo.3 La paz del Evangelio es la paz final que Dios desea para
todos. La comunidad de los bautizados participa ya de esta paz a
través de la Palabra y la fe, al tiempo que espera la culminación de
la creación en "un nuevo cielo y una nueva tierra" donde no exista ya
"ni muerte ni dolor" (Apocalipsis 21:1, 4).
La firme resolución de Dios en pro de la paz abarca nuestro tiempo
a la vez que incluye a todos los tiempos. En la creación y la
redención, por medio de la Ley y el Evangelio, el amor fiel de Dios
actúa en favor de la paz.
2. La Iglesia, Una Comunidad
de Paz
A. El llamado divino
A través del Evangelio, el Espíritu Santo llama y reúne a gentes de
todas las naciones para adorar y rendir testimonio del Dios de paz.
Los llamados y los reunidos son pecadores, perdonados y hechos justos
por cuenta de Jesús.
En reuniones públicas para proclamar y celebrar el Evangelio de
paz de Dios, la Iglesia contribuye en forma única a la paz
terrenal. Su misión más valiosa en favor de la paz es el mantener
vivas las nuevas acerca de Dios por resolver la paz, al declarar que
todos somos ante Él responsables de la paz terrenal y al anunciar el
perdón, la sanación y la esperanza, en el nombre de Jesucristo. Al
orar por la paz en el mundo, al interceder por todos los que sufren
guerras e injusticia y por quienes ejercen la autoridad, la Iglesia
actúa por la paz.
Las comunidades cristianas son inmensamente diferentes, que se
reunen por todas partes del mundo, se hacen una sola en el Evangelio y
son llamadas "a mantener la unidad del Espíritu bajo el lazo de la
paz" (Efesios 4:1-6). La Iglesia, con una diversidad de dones,
contribuye a la paz terrenal al vivir la unidad que hemos recibido—en
nuestras congregaciones, en nuestro cuerpo eclesial y en la Iglesia
universal. Sin embargo, las divisiones entre los grupos que compiten
(1 Corintios 1:10-17) y las diferencias humanas, frecuentemente
cuentan más que nuestra unidad en Cristo (Gálatas 3:28) y abusan de
nuestro llamado divino.
La Iglesia contribuye a la paz terrental, ahí donde la Iglesia vive
en unidad, superando divisiones y dando la bienvenida al desconocido y
al proscrito. La Iglesia contribuye a la paz terrenal, ahí donde los
seguidores de Jesús se rehusan a devolver mal por mal y en vez ofrecer
la otra mejilla y caminar una milla más (Mateo 5:38-42). Es decir,
contribuye ahí donde en su vida en comunidad las respuestas no
violentas y creativas de los cristianos hacia los actos hostiles abren
posibilidades para la reconciliación. Asimismo, en donde las iglesias
de los diferentes países trabajan en solidaridad por la dignidad
humana, la Iglesia contribuye a la paz terrenal. La paz en la
comunidad de fe sirve como ejemplo al ministerio y al mensaje de
reconciliación encomendados a la Iglesia por el mundo (2 Corintios
5:18-19). "Dichosos los que procuran la paz, pues Dios los llamará
hijos suyos" (Mateo 5:9).
Al dotar a los fieles de la fe suficiente para actuar en favor
de la paz en todas sus comunidades, la Iglesia contribuye a la paz
terrenal. Al recordar nuestra identidad bautismal; al reunirnos en paz
alrededor de la mesa del Señor, al contar la narrativa bíblica, al
enseñar la fe, la esperanza y el amor, la Iglesia construye la base
para ser hacedores de la paz en todos los aspectos de la vida. La
Iglesia es la escuela del Espíritu Santo, quien nos da forma y nos
equipa para ser hacedores de la paz. "El fruto del Espíritu es amor,
gozo, paz, paciencia, bondad, generosidad, fidelidad, ternura y
autocontrol" (Gálatas 5:22). La Iglesia apoya a los creyentes con su
ministerio de Palabra y Sacramento, en sus decisiones de conciencia,
incluyendo a las personas que sirven en las fuerzas armadas y en las
industrias de defensa, como también a las personas que se rehúsan a
participar en todas las guerras o en alguna guerra en particular.
B. Presencia fiel
Cuando la Iglesia cumple con los mandatos de su llamado divino,
ayuda de palabra y obra a crear un ambiente que conduce a la paz.
Cuando la Iglesia abandona estos mandatos, también fracasa en su tarea
de servir a la paz terrenal. A través de la fidelidad en su vida y de
sus actividades como comunidad por la paz, la Iglesia, bajo el poder
del Espíritu Santo, se convierte en una presencia en favor de la paz
que inquieta, reconcilia, auxilia y delibera.
La Iglesia se vuelve una presencia inquietante cuando se
rehúsa a guardar silencio y en cambio habla con la verdad en los
momentos en que las personas gritan "paz, paz; cuando no hay paz"
(Jeremías 6:14). La Iglesia es esta presencia al señalar y resistirse
ante los ídolos que conducen a la falsa seguridad, a la injusticia y a
la guerra, y al llamar al arrepentimiento. Por lo tanto, nosotros
denunciamos las creencias y las acciones que:
- Eleven a nuestra nación, a cualquier nación o pueblo, al papel
de Dios;
- Encuentren la seguridad fundamental en las armas y la guerra;
- Decreten el derecho inherente de un pueblo, raza o civilización,
de dominar a otros;
- Prometan una sociedad perfecta y pacífica a través de los
esfuerzos de una humanidad autosuficiente; y
- Pierdan la esperanza en cualquier posibilidad de paz.
Como una presencia conciliadora, la Iglesia crea lazos entre
los diferentes pueblos, sean vecinos o lejanos.Tiene oportunidades
especiales para reconciliar a partes en conflicto y mantener abiertas
delicadas líneas de comunicación en tiempos de crisis y guerra. La
Iglesia también sirve a la reconciliación cuando contrarresta ciertos
movimientos religiosos—incluyendo aquéllos que se proclaman
cristianos—que predican y practican el odio y la violencia. La Iglesia
sirve cuando desafía a los estereotipos de "el enemigo," y cuando
fomenta soluciones imaginativas para resolver los conflictos.
La Iglesia está llamada a ser una presencia de servicio en
la sociedad. La Iglesia sirve cuando hace responsable al poder, cuando
aboga por la justicia, cuando se pone del lado de los pobres y los
débiles, cuando provee un santuario y satisface la necesidad humana.
La Iglesia sirve al apoyar los esfuerzos de los gobiernos u otras
entidades para asegurar una paz justa. También sirve a la sociedad,
cuando fomenta el debate público sobre lo que es justo y bueno, tanto
en cuestiones domésticas, como en internacionales. Sirve cuando pide
compasión para satisfacer las necesidades humanas.
Como una comunidad en pro de la paz, la Iglesia debe ser también
una presencia deliberadora en la sociedad. Como una comunidad de
deliberación moral,4 la Iglesia es un ambiente de libertad y respeto
donde creyentes con diferentes puntos de vista pueden aprender unos de
otros en de la unidad de la fe. Los asuntos que dan forma a nuestro
mundo—incluyendo dilemas, tales como el servicio militar y la
confrontación de la maldad humana sin violencia—son temas apropiados
para discutir en la Iglesia.
El Espíritu Santo convoca a la Iglesia a ser una comunidad en pro
de la paz. Sin embargo, como esa comunidad, nos quedamos cortos y
contradecimos nuestro llamado. La Palabra inquietante de Dios viene
especialmente a nosotros, juzgándonos y llamándonos a la confesión y
al arrepentimiento. Ante la cruz de Cristo, la Iglesia se une a todo
el mundo bajo el juicio y la misericordia de Dios. Debemos retornar
diariamente a nuestro bautismo: morir de nuevo con Cristo ante el
poder del pecado, y ser resucitados nuevamente para vivir por el
Espíritu.
3. En el Mundo de Dios, Una
Fe . . .
A. Activa por la paz
La confianza en la promesa divina de una paz final dada libremente
en Jesucristo solo nos conduce a comprometernos totalmente en el afán
por construir la paz terrenal. Sin embargo, sabemos que esta búsqueda
es compleja y nuestros logros, provisionales. La fe en el Cristo
crucificado y resucitado nos fortalece y nos lleva a persistir, aun
cuando Dios pareciera estar ausente en un mundo violento e injusto, y
también cuando el cansancio y la desesperanza nos acosan.
Por medio de la cruz de Cristo, Dios nos llama a atender las
necesidades de nuestro prójimo, especialmente de aquellos grupos e
individuos que sufren y son vulnerables. La cruz nos asegura que aun
en nuestra vulnerabilidad, sufrimiento y muerte, el poder de Dios
permanece activo a través de nosotros. En la cruz reconocemos que el
perdón, la reconciliación y el amor hacia el enemigo son esenciales en
nuestros esfuerzos por construir la paz terrenal.
Nuestras comunidades cotidianas forman el campo donde la fe actúa
en amor por la paz. Dios nos llama a construir la paz dentro y a
través de muchos círculos de comunidades que se entrecruzan, a través
de las cuales Dios nos da la vida: nuestros hogares y amistades,
vecindarios y lugares de trabajo, congregaciones y asociaciones
voluntarias, pueblos y ciudades, naciones y comunidades
internacionales. Como ciudadanos debemos intentar influir en las
acciones de nuestra nación, y en pro de la paz entre las naciones. Al
compartir una humanidad común con todos los pueblos, somos llamados a
trabajar por la paz a través de toda la tierra.
Nuestras múltiples comunidades se influyen recíprocamente. Las
actitudes, las lealtades y los compromisos aprendidos en el seno de
las familias, nos ayudan a forjar nuestra visión de otros pueblos y
naciones. La guerra puede romper y aun devastar la vida familiar. Los
esfuerzos por crear comunidades justas y seguras dentro de nuestra
nación van de la mano con la búsqueda de la paz entre las naciones.5
Debido a que los cristianos actúan por la paz en diversos ámbitos,
nuestras responsabilidades, experiencias, intereses y perspectivas
difieren. Muy a menudo estamos en desacuerdo respecto de cómo
construir la paz en la tierra, pero nuestra revelación bíblica provee
un contexto común para discernir qué senda emprender.
B. Guiada por conceptos bíblicos
En la fe recibimos a nuestro mundo, como la creación de Dios. Por
lo tanto, afirmamos que la paz terrenal está cimentada en el
reconocimiento de la unidad y bondad de la existencia creada, la
unidad de la humanidad, y la dignidad de cada persona. La paz es
la diferencia en la unidad. Requiere tanto el respeto por la unicidad
de los demás—personas finitas en comunidades particulares—como el
reconocimiento de una humanidad común. Abogamos por una paz terrenal
que construya libertad y responsabilidad, fomente la compasión, y
abrace la justicia y el cuidado de la tierra.
Ya que todos somos pecadores ante Dios, los esfuerzos por
construir la paz terrenal deben reconocer el poder persistente,
penetrante y sutil del pecado. Fácilmente nos engañamos a nosotros
mismos respecto de lo que es nuestra propia rectitud. Aún nuestras
mejores intenciones pueden producir resultados dañinos. Nuestros
esfuerzos deben tomar en cuenta la tendencia humana por dominar y
destruir, y deben reconocer a esos "principados" y "poderes" (Efesios
6:12) que causan conflicto en nuestro mundo. También abogamos por una
paz terrenal que nos provea de seguridad contra la violencia y la
agresión; que busque el orden justo, en lugar de la tiranía o la
anarquía; que controle el poder desenfrenado, y que defienda y mejore
la vida de personas que sufren pobreza y carecen de poder.
A pesar de la enemistad humana—enemistad hacia Dios, entre los
seres humanos y con el resto de la creación—Dios continúa obrando a
través de los pueblos, de sus comunidades y sus estructuras, para
hacer posible la paz terrenal. Nosotros, por lo tanto, cooperamos
con y aprendemos de los demás, y valoramos el conocimiento, la
sabiduría, la virtud, la imaginación y la creatividad que Dios nos ha
otorgado y que se pueden encontrar en todas las gentes. Apoyamos las
estructuras y los procesos que conduzcan a ordenar relaciones
suficientemente justas, abiertas y dinámicas, para que los pueblos
hagan frente a la injusticia y al conflicto sin violencia.
Ya que hemos sido creados como personas totales, el hecho de
construir la paz terrenal incluye a todas las dimensiones de la
sociedad humana. Estas dimensiones abarcan los patrones de las
creencias y valores que dan significado a la vida (la cultura, en la
cual está contenida la religión), las estructuras y las prácticas que
sustentan la vida (la economía), tanto como las estructuras y los
procesos que permiten a las comunidades tomar y reforzar sus
decisiones (la política). Asimismo, creemos que Dios obra a través de
la cultura humana, de la economía y de la política, e intenta que
éstas restrinjan el mal y promuevan el bien común.
La paz terrenal no es lo mismo que la paz prometida del eterno
reino de Dios en el presente y para el futuro. En tanto que como
logro humano forjado en medio de conflictos, la paz terrenal muy a
menudo es fugaz y siempre parcial. Es difícil de construir y mantener.
Con gran facilidad y frecuencia se ve interrumpida por la violencia y
la guerra. Pero, ante todo, la paz terrenal es uno de los dones más
preciados. La paz terrenal encarna la intención divina de la creación;
sirve al bien humano y al bien del planeta, y nos entrega un espacio
para proclamar el Evangelio, manteniendo la esperanza en el Dios vivo.
C. Viva en nuestro tiempo
Es en la esperanza como vivimos nuestra fe en la comunión con los
demás y como juntos luchamos por la paz terrenal. Al hacer esto,
vivimos en un mundo que está cada vez más intercontectado. Las
personas trabajan, compran y venden en un mercado mundial. Los medios
de comunicación nos hacen presentes los sucesos del mundo entero, y la
nueva tecnología de comunicación aumenta la información disponible.
Los avances económicos y tecnológicos hacen posible y necesaria la
creciente integración. Los peligros mundiales del armamento nuclear,
la degradación del medio ambiente y la presión demográfica también
crean una mayor interdependencia. El tráfico internacional de drogas
ilícitas contribuye a la violencia en todas partes del mundo.
Todos los pueblos experimentan estos cambios globales dentro de
comunidades particulares y limitadas. El movimiento hacia una mayor
integración afecta en forma diferente a cada una de las diversas
comunidades mundiales—desde amenazando su identidad y su existencia,
hasta mejorando sus vidas. Comunidades diferentes responden a los
cambios en forma diferente. La integración acentúa muy a menudo la
atención de las personas hacia sus comunidades en particular. Las
comunidades familiares, religiosas, culturales, étnicas y nacionales
continúan siendo fuentes decisivas en el sentido de pertenecer de los
pueblos; en sus actitudes y en la percepción de sus intereses.
La tirante interacción de estas dos dinámicas—las cuales aquí
llamamos integración y particularidad—dan forma, hoy día, a la
búsqueda por la paz. La integración promete una comunidad global más
amplia: la particularidad promete una comunidad personal más profunda.
La integración amenaza con acarrear desigualdad y dominio por medio
del poder irresponsable; la particularidad amenaza con producir
fragmentación y conflicto violento causado por grupos que niegan la
humanidad de aquéllos que son diferentes a ellos. Al reconocer tanto
la promesa como la amenaza, nosotros buscamos una paz terrenal que
afirme unidad en nuestra diversidad.
El bien y el mal están inextricablemente entretejidos en la
interacción de estas dos dinámicas. Los beneficios de un desarrollo
económico en algunas partes del mundo contrastan con la pobreza
implacable en otros. El impacto de la economía mundial varía de una
comunidad local a otra. Las preguntas culturales básicas llegan a ser
más importantes al intensificarse el encuentro entre culturas. Dentro
de las religiones y al interior de ellas existe un diálogo y
entendimiento mutuos que van en aumento. Pero también existe una
hostilidad intensa y disidente hacia otros grupos, y apoyo hacia
cruzadas violentas contra el enemigo.
Los estados, inmensamente desiguales en su poder, ejercitan su
soberanía en el engrosamiento de la telaraña de las organizaciones y
tratados internacionales, tanto a nivel regional como mundial. La
integración económica disminuye la habilidad de los gobiernos para
determinar su propias políticas económicas. Las fronteras nacionales
son cada vez más permeables a influencias del exterior. El movimiento
de personas a través de las fronteras debido a guerras o pobreza
extrema, resulta masivo y controversial. Además, numerosos estados
enfrentan la desintegración desde dentro, cuando grupos de minorías,
usualmente las comunidades étnicas, buscan su propio estado o
autonomía. En guerras civiles atroces, la población civil muy a menudo
se convierte en el blanco de fuerzas o grupos armados. Tales guerras
producen nuevas interrogantes sobre lo que puede y debe hacer (si es
que hay algo que pueda o deba hacer) la comunidad internacional frente
a conflictos internos.
4. Responsabilidad Política
A. Al actuar como ciudadanos
Reconocemos la responsabilidad asombrosa que respecto de la paz
tienen los líderes políticos y y los diplomáticos en estos tiempos
inestables. En una democracia todos los ciudadanos comparten esta
responsabilidad. Fomentamos la participación de los cristianos en los
asuntos del gobierno.
Nuestra fe como cristianos confiere una calidad distintiva a
nuestra vida como ciudadanos. El amor que nace de la fe nos llama a no
hacer daño a los demás y a ayudarles en cada una de sus necesidades.
Las Escrituras nos guían. Sin embargo, no poseemos políticas
internacionales únicamente cristianas, o una política divina o bíblica
para nuestra nación. Para orientar nuestras políticas tenemos también
que depender de la razón y la compasión, y examinar y aprender de la
experiencia humana común a través de la cual, creemos, que Dios está
obrando para crear y preservar el mundo.
Por el bienestar de nuestro prójimo, nosotros, en compañía de los
demás, tenemos que insistir en lo que es justo y bueno dentro de los
límites y posibilidades de la situación actual. Los líderes y los
ciudadanos optan por los muchos bienes e intereses que competen entre
sí, cuando no todos pueden obtenerse. En la tarea incierta de calcular
los resultados posibles de estas decisiones y al escoger la mejor
alternativa, debemos de tener presentes los propósitos deseados a la
luz de los medios y los recursos disponibles.
La autoridad política depende tanto del consentimiento de la gente,
como de la amenaza y el uso de la coerción. De acuerdo con la
tradición luterana,6 afirmamos que los gobiernos pueden legítimamente
emplear tales medidas como ley y su ejecución, protección policiaca,
provisiones para la defensa común, y resistencia a la agresión.
También afirmamos que los gobiernos deben preferir vigorosamente las
medidas menos coactivas, en lugar de las más coactivas: el
consentimiento en lugar de la compulsión; los métodos sin violencia en
lugar de los métodos con violencia; la diplomacia en lugar del combate
militar, y la disuasión en lugar de la guerra.
Con su gran poder económico, político, cultural y militar, los
Estados Unidos juegan un papel de liderazgo vital en los asuntos
mundiales. No puede ni debe retractarse o aislarse del resto del
mundo. Tampoco debe buscar el controlar o vigilar al mundo. Los retos
mundiales no pueden ser tratados por los Estados Unidos solamente; sin
embargo, pocos de ellos pueden cumplirse sin la participación de los
Estados Unidos.
Al perseguir sus intereses, todas las naciones, incluyendo a los
Estados Unidos, tienen la obligación de respetar los intereses de
otros estados y la de otros actores internacionales, así como la de
cumplir con la leyes internacionales. Las naciones deben buscar su
propio bien común dentro del contexto del bien común mundial. Los
cuerpos internacionales deben trabajar en pro del bienestar de todas
las naciones.
Los ciudadanos necesitan brindar una atención especial a cómo
percibimos en los Estados Unidos el interés nacional y cómo
interpretamos nuestra identidad nacional, debido a que lo que hacen
los estados depende en gran medida de lo que opinan sobre sus propios
intereses e identidad. El poder del pecado muy a menudo se hace sentir
en los puntos de vista arrogantes y autojustificables de la identidad
nacional, y en enfoques del interés nacional que son limitados a corto
plazo y absolutos.
Hacemos un llamado a dedicar una atención imaginativa hacia los
intereses y el bienestar de otras naciones, especialmente aquéllas que
son vistas como "enemigos" o que son consideradas como no importantes
para los intereses de nuestra nación. Esperamos expresiones de nuestra
identidad nacional para construir en lo mejor de nuestras tradiciones,
para respetar la identidad de los demás, y para abrir caminos que nos
lleven hacia el entendimiento mutuo. En favor de un bien mayor o por
razones de conciencia, los ciudadanos pueden advertir la necesidad de
oponerse a un entendimiento prevaleciente o a una práctica de
identidad e interés nacional. Incluso los ciudadanos pueden percibir
la necesidad de resistir un gobierno opresivo.
B. Al tomar decisiones sobre las guerras
Las guerras, ya sea entre distintos estados o dentro de ellos,
representan un fracaso horrendo de la política. El mal de la guerra se
hace especialmente evidente en el número de niños y demás pobladores
civiles que sufren y mueren. Lamentamos que la Iglesia haya bendecido
cruzadas y guerras en el nombre de Jesucristo. Reconocemos con dolor
que muy a menudo la gente que se ha formado en la tradición luterana
ha aceptado pasivamente el llamado a las armas de su gobierno o ha
apoyado fácilmente la guerra como medio para resolver conflictos.
Sobre todo, el amor al prójimo nos obliga a actuar para prevenir
las guerras y a buscar alternativas a ellas, especialmente en vista de
armas modernas y su proliferación. Por esta razón, este
pronunciamiento se orienta hacia la edificación de una paz justa, e
identifica las tareas que crean condiciones para la paz. Sin embargo,
las guerras y su amenaza aún se imponen ante nosotros, y no podemos
evitar el tomar decisiones con respecto a ellas.
Al hacer esto, enfrentamos conflictivas demandas morales y
dolorosos dilemas. El ayudar al prójimo que sufre tal vez implique la
necesidad de proteger a personas inocentes de la injusticia y la
agresión. Al apoyar el uso de medidas no violentas, puede que no
exista otra forma de ofrecer protección bajo ciertas circunstancias,
que impedir por medios coercitivos a aquéllos que están haciendo daño
a las personas inocentes. Entonces, por el bien de nuestro prójimo, no
descartamos el posible apoyo al uso de la fuerza militar. Bajo
circunstancias específicas, tenemos que determinar si una acción
militar es un mal menor.
Buscamos una guía en los principios de la tradición de la "guerra
justa/injusta." Mientras que se permita el recurrir a la guerra en
circunstancias excepcionales, estos principios intentan limitar tales
ocasiones, exponiendo condiciones que deben de cumplirse al prestar
una acción militar justificable. Empezamos con una presunción fuerte
en contra de toda guerra; el apoyo y la participación en guerras que
restauren la paz es una concesión trágica a un mundo pecador.
Cualquier decisión para una guerra implica una gran tristeza.
Los principios para decidir sobre las guerras incluyen: buena
intención, causa justificable, autoridad legítima, último recurso,
declaración de objetivos para la guerra, proporcionalidad, y
posibilidad razonable de éxito. Los principios para conducir una
guerra incluyen inmunidad no combatiente y proporcionalidad.7 Los
principios para la conducta de la postguerra incluyen la misericordia
hacia los vencidos y el ayudarlos a reconstruir. El compromiso
justificable e internacional de las fuerzas en los conflictos armados
depende en la adhesión a estos principios.
Este acercamiento incorpora la esperanza de que aún la guerra puede
estar sujeta a fines políticos (la paz) y a consideraciones morales.
En su mejor forma, estos principios proveen un marco moral, así sea
ambiguo e impreciso, para la deliberación pública sobre la guerra,
como también una guía para las personas que tienen que tomar
decisiones al enfrentarse con los dilemas de la guerra. Al
utilizarlos, los cristianos necesitan estar preparados para decir "no"
a la guerra en la que su nación participa.
Estos principios son importantes para el derecho internacional y
para los códigos militares de conducta. Estos son la base para el
rechazo inequívoco de nuestra iglesia contra las guerras nucleares8 y
para apoyar "la objeción cuidadosa y selectiva."9 Al utilizar este
acercamiento a la guerra, nuestra iglesia apoya la vocación de hombres
y mujeres en las fuerzas armadas, quienes en conciencia y en forma
directa, enfrentan las ambigüedades de los males relativos, y quienes
pueden sufrir y morir por defender a su prójimo.
Desde la postura de la tradición justa/injusta de la guerra, el
objetivo de toda política es la paz. Cualquier actividad política que
involucre la coacción debe ser responsable ante los principios justos
o injustos de la guerra. Es importante considerarlos al evaluar
movimientos, sanciones, embargos, boicots, políticas de comercio para
recompensar o castigar, y otras medidas coactivas no violentas.
La Iglesia y algunas otras entidades fracasan a menudo al enseñar y
aplicar los principios justos/injustos de la guerra. Estos principios
pueden ser y han sido mal empleados en forma egoísta. Como una
tradición en constante evolución, estos principios necesitan de
constantes pruebas a la luz de la naturaleza cambiante de la guerra.
Su uso correcto depende de la sabiduría política y el conocimiento
histórico de la situación. Nosotros afirmamos este método con humildad
y autocrítica. Recomendamos la deliberación continua sobre su
fidelidad y su suficiencia.
También habla en nuestra iglesia otra voz con profundas raíces
históricas en la tradición cristiana. Actualmente esta iglesia
necesita del testimonio de sus miembros, quienes en el nombre de
Jesucristo se oponen a todo tipo de participación en la guerra;
quienes se comprometen a establecer la paz y la justicia sobre la
tierra por medio del no-violento poder únicamente, y quienes tal vez
sufran y mueran en su discipulado. Apoyamos a los miembros que por
razones de conciencia se opongan a portar armas en el servicio
militar.
Debemos continuar con la discusión perenne en la Iglesia universal
sobre si el amor cristiano y el discipulado prohiben, bajo toda
circunstancia, la participación en guerras; o si puede ser permisible
bajo alguna circunstancia. Esta discusión plantea difíciles
interrogantes bíblicas, históricas, teológicas y éticas. Aún cuando
los cristianos difieren acerca de estas interrogantes, todavía existe
una base para la cooperación práctica dentro de su mutua suposición en
contra de la violencia y en un compromiso por la paz.
Tomamos decisiones sobre la participación en la guerra, sabiendo
que lo que hacemos o dejemos de hacer queda corto respecto de lo que
el amor requiere. No importa lo que las personas decidan en
conciencia, permanecen bajo el juicio de Dios y necesitan de la
misericordia de Dios, misma que nos fue dada en la cruz de Cristo.
5. Tareas
¿Qué debemos hacer para mantener, formar y construir la paz
internacional hoy en día? Esta sección identifica las tareas y áreas
para actuar. Traza las implicaciones de nuestra fe e incorpora juicios
de razón, los cuales siempre están sujetos a desarrollo y corrección.
El sólo nombrar estas tareas expresa ya nuestra esperanza de que las
relaciones internacionales puedan ordenarse de tal modo que
contribuyan a un mundo justo, libre, seguro y sin violencia. Sin
embargo, perseguimos esta esperanza dentro de las limitaciones y las
rupturas de nuestro mundo tan complejo.
A. Una cultura de paz
Promover una visión dinámica de diferencia en la unidad. En
su maravillosa diversidad, todas las personas son criaturas de Dios,
pecadores por quienes Jesucristo murió. En una época como cuando la
creciente integración pone en peligro los lazos de las comunidades y
cuando una lealtad idólatra hacia la propia comunidad pone en peligro
nuestra unidad, debemos expresar con claridad la poderosa visión que
crea la diferencia en la unidad. Esta visión nos llama reconocer las
diferencias, no a ignorarlas o a temerles. La esperanza en una paz
terrenal reta a las personas a fortalecer a sus comunidades
particulares en formas tales que promuevan el respeto y el
reconocimiento hacia gentes de otras comunidades, ya que todos
compartimos una humanidad común. Instamos a nuestras congregaciones a
promover el entendimiento a través de intercambios de persona a
persona.
En muchas situaciones hoy en día, las diferencias religiosas son
una fuente de enemistad. La religión se utiliza para incitar a las
personas a la violencia. La Iglesia enfrenta nuevos desafíos al ser
una presencia reconciliante entre las religiones del mundo.
Necesitamos aprender de los judíos, musulmanes, hindúes, budistas y
otros, descubriendo las formas que cada uno de ellos utilizan para la
paz, corrigiendo imágenes distorsionadas, y trabajando por un
entendimiento mutuo.10 Nos regocijamos cuando personas de diferentes
religiones trabajando unidas para superar la hostilidad.
Promover el respeto a los derechos humanos. "El
reconocimiento de la dignidad inherente y de los derechos inalienables
y de igualdad de todos los miembros de la familia humana es el
fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo." Estas
palabras del Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos (1948) son consistentes con nuestro entendimiento de que los
humanos son creados a imagen y semejanza de Dios. Los derechos humanos
aportan una norma común de justicia universal, para vivir con nuestras
diferencias. Los derechos humanos confieren identidad moral y legal al
individuo en la comunidad internacional.
Nosotros, por lo tanto, continuaremos enseñando sobre los derechos
humanos, protestando su violación, abogando por su codificación
internacional, y apoyando medidas efectivas para comprobar y asegurar
su cumplimiento. Nuestras prioridades son:
- Oponernos al genocidio y otras violaciones serias a los derechos
humanos tales como: tortura, opresión religiosa y racial,
conscripción forzada (reclutamiento), trabajo forzado, y crímenes de
guerra (incluyendo violación sexual organizada);
- Atender y resolver las necesidades más básicas de los pobres; y
- Defender los derechos humanos de los grupos mayormente expuestos
a violaciones, especialmente todas las minorías, mujeres y niños.
Contrarrestar y transformar actitudes que fomenten la violencia.
Una causa significativa de conflicto violento, a nivel local e
internacional, lo son las actitudes que perciben a la violencia como
método aceptable para resolver diferencias y disputas. El temor a los
demás, el desprecio hacia la dignidad humana, las experiencias
personales sobre la violencia, tanto como las imágenes en películas,
televisión, videos y música que glorifiquen la violencia y la guerra,
ayudan a formar tales actitudes.11
El Evangelio da justo en el corazón de todo aquello que promueve
tales actitudes, liberándonos del temor de ver a los demás como
hermanos y hermanas por quienes Cristo murió y vive. Los medios
masivos de comunicación (prensa, radio, televisión) deben representar
con honestidad la violencia, la brutalidad y el terror de la guerra y
deben desenmascarar a la mentira. Fomentamos los esfuerzos en la
educación, las artes y la comunicación para representar la belleza y
la bondad de la paz y para enriquecer el reconocimiento de la
diversidad de nuestro mundo.
Fortalecer la voluntad y habilidad para resolver los conflictos
pacíficamente. Los desacuerdos, los conflictos y la competencia
entre naciones, grupos e individuos son inevitables, pero las guerras
no lo son. Un elemento esencial para reducir la probabilidad de guerra
es la firme resolución y el esfuerzo intenso de las partes
involucradas para resolver el conflicto sin utilizar la violencia.
Otro ingrediente esencial es la habilidad de explorar todas las vías
que conduzcan hacia intereses comunes, comprometer los intereses,
reconciliar las diferencias y prevenir, moderar o aislar los
conflictos destructivos. Estos elementos son tan vitales para resolver
el conflicto en la diplomacia internacional, como lo son en familias y
comunidades.
Renovamos nuestro compromiso de llevar adelante esta tarea por la
paz, valiéndonos de la educación y la práctica, especialmente con
niños y jóvenes. Hacemos un llamado a las naciones para que aporten
liderazgo, educación, estructuras y fondos para la resolución pacifica
de los conflictos. Las naciones deben hacerlo con la misma entrega con
la que preparan a sus pueblos para resolver las disputas con la fuerza
militar.
B. Una economía con justicia
Insistimos en que la paz y la justicia económica deben
permanecer unidas. El hambre y la pobreza de las masas, junto a la
riqueza y la abundancia, violentan los lazos de nuestra común
humanidad. Tales disparidades económicas son causa de conflictos y
guerras y estimulan nuestros esfuerzos por construir relaciones
económicamente justas, indispensables para la paz. La justicia apunta
hacia una economía ordenada de manera que:
- Respete la dignidad humana;
- Satisfaga las necesidades de la vida;
- Distribuya los bienes y las responsabilidades justa y
equitativamente; y
- Sea compatible con un ecosistema que sustente la vida.12
El crecimiento sustentable y la distribución justa son esenciales
al crear justicia económica. Ambos deben permitir a todos su
participación en la economía. La integración económica global debe
mejorar el bienestar económico entre y dentro de las naciones. La
política fiscal, las prácticas empresariales, las políticas de
inversión, y los estilos de vida personales, incluyendo los patrones
de consumo, deben contribuir a la justicia económica y al
sostenimiento a largo plazo de nuestro planeta.
Apoyar arreglos justos para regular la economía internacional.
En un mundo con una creciente integración económica y fragmentación
política, las empresas mundiales son cada vez más irresponsables
respecto de las normas nacionales e internacionales. Esta falta de
responsabilidad puede ser una fuente de injusticia y conflicto
violento.
Apoyamos los esfuerzos de las naciones por mejorar los reglamentos
y la coordinación de la economía mundial por medio de arreglos
recíprocos y mutuamente ventajosos. El comercio internacional y los
arreglos internacionales deben ayudar a incrementar la condición de
socios, prevenir las guerras comerciales entre las naciones, proteger
el medio ambiente, proveer ayuda para la administración de adeudos,
refrenar el abuso por parte de las compañías multinacionales y
proteger a las naciones más pobres. Los países en vías de desarrollo
necesitan mejores oportunidades para fomentar la inversión de
capitales y para producir utilidades a través del comercio justo y
abierto.
Revitalizar la ayuda. Afirmamos que nuestra nación tiene la
responsabilidad de contribuir con una porción de su riqueza para los
pueblos de las naciones más pobres, a través de la asistencia
económica efectiva. La asistencia debe venir, tanto en forma de la
ayuda humanitaria necesaria para aliviar las consecuencias de
desastres, como en forma de desarrollo de asistencia que contribuya al
mejoramiento de la calidad de vida, en las economías en desarrollo.
Mientras que los Estados Unidos han sido generosos al otorgar ayuda
humanitaria, nuestra nación se ha rezagado dramáticamente respecto del
resto del mundo industrializado, al proveer asistencia para el
desarrollo en relación a nuestra producción de riqueza.13 Apoyamos la
asistencia continua y en aumento por parte de los Estados Unidos, y
hacemos un llamado a reducir a un cambio gradual por más asistencia
para el desarrollo y una reducción proporcional de los subsidios en
compras de armamento.
El propósito rector de la asistencia económica debe ser el de
reducir el hambre y la pobreza, con medidas sostenibles, no dañinas al
medio ambiente. Debe ofrecerse la ayuda de manera que promueva los
derechos humanos y que contribuya a construir individuos, comunidades
y naciones independientes. La ayuda debe responder a la necesidad que
muchos países tienen, de reducir la presión demográfica a través de la
oferta de mejores oportunidades para la mujer, y medios voluntarios,
seguros y fiables para el control de la natalidad. La ayuda también
debe requerir responsabilidad por parte de los gobiernos receptores.
Apoyamos la ayuda bilateral y multilateral y el uso de organizaciones
no gubernamentales, como los canales adecuados para llegar a
comunidades locales.
Apoyar la conversión económica. Mientras que los Estados
Unidos reconocen sus continuas y relevantes responsabilidades en el
terreno de la seguridad, deben evaluar cuidadosamente el balance entre
las necesidades legítimas de seguridad y otros usos prioritarios de
los ingresos gubernamentales, y reducir el gasto militar cada vez que
sea posible. En los lugares donde ocurran las reducciones, las
comunidades, empresas y gobiernos a todos los niveles tienen la
responsabilidad de desarrollar estrategias que contribuyan al
bienestar de aquéllos que llevan la mayor carga de esta conversión
económica. Convocamos a las congregaciones que sirven a estas
poblaciones, a que participen en ministerios de reconciliación y que
apoyen a las personas en transición económica y profesional.
C. Una política de cooperación
Fortalecer la cooperación internacional. La creencia en una
humanidad común; la creciente integración global, y el interés
nacional, nos impelan a esta tarea. En la Carta de las Naciones Unidas
y en otros acuerdos internacionales, las naciones han declarado cómo
piensan que deben ordenarse sus relaciones. Normalmente las naciones
acatan estos principios. Los estados se comprometen a respetar la
igualdad soberana y la integridad territorial de otros estados y a no
intervenir en sus asuntos internos, y a respetar la autodeterminación
de los pueblos. También se comprometen a cumplir con las obligaciones
internacionales, a cooperar con otros estados y a resolver
pacíficamente las disputas. Si bien los estados poseen el derecho de
autodefensa y pueden resistirse a la agresión, deben, en cambio,
abstenerse de amenazas, y del uso de la fuerza militar.14 En este
momento, tales principios ofrecen el mejor marco para un orden justo
en las relaciones internacionales. Los ciudadanos tienen la
responsabilidad de hacer responsables de estos principios a sus
respectivos gobiernos.
Tal como es evidente en los conflictos internos hoy en día, los
principios de la ley internacional con frecuencia se encuentran en
conflicto. Por ejemplo, cuando un estado viola en forma masiva los
derechos fundamentales y la libertad de su pueblo, particularmente con
actos de genocidio, ¿Subsiste aún el principio de no intervenir? A
juicio nuestro, no subsiste. A causa de su responsabilidad con
respecto a los derechos humanos, la comunidad internacional tiene la
obligación de responder y el derecho de intervenir, con fuerza militar
si es necesario a través de sus organizaciones regionales y mundiales.
Más aún: cualquier tipo de intervención debe llevarse a cabo con
extrema cautela y sujetarse a los principios de la tradición de la
guerra justa/injusta.
En apoyo de la cooperación internacional, nosotros:
- Hacemos un llamado a fortalecer la confianza entre las naciones
por medio de formas de conducta de estado que sean legales, no
violentas, verídicas, fiables y abiertas, y a minimizar todas las
formas de acción clandestina;
- Abogamos por un mayor respeto y acatamiento del derecho
internacional;
- Apoyamos esfuerzos viables y a largo plazo que fortalezcan a las
Naciones Unidas como un foro para la paz y la cooperación
internacional, incluyendo el Tribunal Internacional de Justicia,15 y
tribunales regionales;
- Apoyamos la creación de un Tribunal Criminal Internacional, el
cual pueda retener a individuos responsables por violaciones al
derecho internacional; por ejemplo, en casos de genocidio y crímenes
de guerra; y
- Fomentamos la deliberación continua sobre la responsabilidad de
la comunidad internacional en los conflictos internos de los países.
Mejorar las estructuras de la seguridad común. En un mundo
cada vez más integrado las naciones no pueden y no deben buscar
solamente su propia seguridad. Su objetivo debe ser la seguridad común
o mutuamente asegurada. La interacción cultural y la cooperación
política y económica podrán contribuir a la seguridad común, como
también podrán los equilibrios de poder estables y alianzas
defensivas.
Las estructuras de seguridad colectiva tanto a nivel regional como
global también son necesarias. Afirmamos la visión original y el
mandato de seguridad colectiva otorgado a las Naciones Unidas y a su
Consejo de Seguridad. Fomentamos la evaluación sensata de los triunfos
y fracasos de los esfuerzos internacionales por la paz. Apoyamos, sin
ilusiones, los esfuerzos por hacer más vigorosa y efectiva la tarea
que realizan las Naciones Unidas y los cuerpos regionales en la
diplomacia preventiva, de hacer de la paz, de retener la paz y
fortalecer la paz.
Entendemos que las fuerzas armadas de los Estados Unidos desempeñan
un papel en las estructuras de la seguridad común. Este papel requiere
que los Estados Unidos mantengan las fuerzas armadas suficientes para
participar efectivamente en esfuerzos comunes para impedir o derrotar
amenazas probables. A pesar de que este involucramiento implica una
carga significativa sobre nuestro país, el fortalecer las estructuras
de seguridad regionales y globales significa, a nuestro juicio, un
beneficio a largo plazo para los Estados Unidos, como también para
otras naciones.
Dar alta prioridad al control y reducción de armamentos.
Particularmente, exhortamos a una reducción drástica en el número de
armas de destrucción masiva. Hacemos un llamado para celebrar acuerdos
significativos, equitativos, comprobables y progresivos en el control
de armas.16 Apoyamos medidas mutuas que refuercen la confianza y que
mejoren la seguridad mutuamente garantizada. En particular, damos
prioridad a:
- Acuerdos entre los poderes nucleares predominantes que reduzcan
las reservas nucleares y que disminuyan la posibilidad de una
confrontación o un accidente nuclear;
- La negociación exitosa del renovado Tratado de No Proliferación
de Armas Nucleares, el fortalecimiento de los mecanismos que vigilan
e imponen los tratados nucleares, y los esfuerzos que dirijan hacia
la eliminación de armas nucleares;
- Tratados que prohiban la producción, la venta y el uso de
armamento biológico y químico; y
- Acuerdos que prohiban la producción, la venta y el uso de minas
terrestres.
Controlar y reducir el comercio de armas. Las naciones
fuertemente armadas continúan gastando miles de millones de dólares en
armamento. Como uno de los mayores exportadores de armas del mundo,
los Estados Unidos tienen la responsabilidad especial de reducir la
venta de armas y buscar acuerdos eficaces para el control
internacional el comercio mundial y el tráfico de armas por parte de
los principales exportadores. Nosotros:
- Apoyamos legislaciones que prohiban la ayuda militar y el
traslado de armas por parte de los Estados Unidos a gobiernos que
las utilicen para oprimir a sus propios ciudadanos o para participar
en actos de agresión; y
- Exhortamos a realizar los esfuerzos internacionales necesarios
para lograr que la venta de armas quede abierta al escrutinio
público y para reducir el comercio de armas.
Abogar por el establecimiento de estructuras políticas
participativas y responsables dentro de las naciones. En vista del
alto número de guerras internas en el mundo, la preocupación por las
estructuras y los procesos políticos dentro de las naciones resulta
crucial para la paz. El triunfo o el fracaso de los esfuerzos
democráticos pueden tener un impacto significativo en la paz
internacional, ya que las democracias históricas rara vez se declaran
la guerra las unas a las otras. Esperamos que los gobiernos se
responsabilicen ante la ley y ante el pueblo; que permitan la
participación de todos y que abran espacios para la oposición
legítima. Que protejan los derechos de los individuos y las minorías,
y que ofrezcan procesos para resolver conflictos sin necesidad de
guerra.
Como apoyo a tales estructuras políticas justas, nosotros:
- Hacemos un llamado para ayudar a las naciones que luchan por
instaurar democracias, reconociendo que en muchas naciones la
agobiante pobreza y la presión demográfica son obstáculos
importantes para la democracia;
- Reconocemos que el uso responsable de las sanciones puede, en
algunas ocasiones, ser la medida más efectiva y menos dañina para
llevar a los estados a terminar con la opresión de sus pueblos; e
- Insistimos en que una de las contribuciones más importantes que
los Estados Unidos pueden hacer en favor de la paz es conseguir que
su propia democracia trabaje por un orden justo y pacífico de su
sociedad diversa.
Fomentar las organizaciones no gubernamentales y su trabajo por
la paz. La libertad de asociación y las actividades de las
organizaciones no gubernamentales locales, nacionales e
internacionales son indispensables para la edificación de la paz hoy
en día. Estas organizaciones se oponen al abuso del poder estatal y
sirven como mediadores entre individuos y centros organizados de
poder. A través de ellas, los pueblos denuncian serias violaciones a
los derechos humanos; responden a la necesidad humana incumplida por
los gobiernos; organizan a los pobres y a los oprimidos; permanecen
con la atención enfocada en la brutalidad de las guerras, y ayudan a
resolver conflictos.
En apoyo a las organizaciones no gubernamentales, nosotros:
- Reconocemos y el papel que las iglesias desempeñan en la red de
comunicación mundial en defensa de los derechos humanos y luchamos
por promoverlo;
- Exhortamos a las personas a ser partidarios activos de una o más
de tales organizaciones no gubernamentales;
- Hacemos un llamado a las naciones para que protejan por ley y
alimenten en sus culturas la libertad de los ciudadanos para unirse
a sociedades voluntarias;
- Apoyamos las formas emergentes de servicio en las que equipos de
voluntarios altamente capacitados buscan la paz a través de la
intervención no violenta en áreas del mundo en conflicto o que se
encuentran abatidas por la guerra.17
Fomentar y apoyar la acción no violenta. En este siglo los
movimientos no violentos han mostrado de manera impresionante su
capacidad para protestar contra la violencia y la injusticia, y para
producir cambios en situaciones de opresión.
Apoyamos firmemente los esfuerzos por desarrollar el potencial de
los movimiento no violentos, para conseguir un cambio justo y
pacífico. Por ello, nosotros:
- Hacemos un llamado a la educación sobre métodos no violentos en
nuestra iglesia y en otros sitios;
- Convocamos a los miembros de nuestra iglesia a que consideren a
conciencia su participación en actos no violentos en situaciones en
las que se cuente con maneras apropiadas y efectivas de ejercer
mayor justicia. Les convocamos también a evaluar la situación
siguiendo los principios de la tradición de la guerra justa o
injusta;18 y
- Ofrecemos apoyo pastoral para las personas que en conciencia
emprenden acciones no violentas en favor de la paz, incluyendo a
quienes lo hacen de manera simbólica para dramatizar el mal y para
dar testimonio del poder de la Cruz de Cristo.
Preocupación por los desarraigados. Decenas de millones de
personas se han refugiado en tierras extranjeras, y aproximadamente la
misma cantidad se encuentran desplazados en el interior de los países
en conflicto. Las personas han tenido que abandonar sus hogares en
números sin precedentes por causa de la persecución o la violencia
general.
Apoyamos la ayuda humanitaria en favor de la supervivencia de
refugiados y apoyamos la vigorosa protección internacional hacia estas
personas. La comunidad mundial tiene la responsabilidad de ayudar a
las naciones que reciben a refugiados y ayudarles a cambiar las
situaciones de las cuales huyeron. En nuestro propio país apoyamos una
política generosa de bienvenida a refugiados e inmigrantes. Hacemos
votos por que continúe el liderazgo histórico de nuestra iglesia en el
cuidado y la atención a los refugiados e inmigrantes.
"Vayan en Paz"
Los escurridizos esfuerzos por construir la paz terrenal son
multifacéticos, y para nosotros pertenecen a un contexto que se
extiende más allá de nuestro propio tiempo y esfuerzo. Nuestra fe
activa por la paz empieza y termina con Dios, el alfa y omega de la
paz. Viviendo aún en un tiempo en que el odio, la injusticia, la
guerra y el sufrimiento parecieran con demasiada frecuencia ganan,
clamamos a Dios por que se cumpla la promesa divina de una paz
definitiva.
"No dejen descansar al Señor" (Isaías 62:6-7) hasta el día en que
"el lobo y el cordero comerán juntos.... En todo mi monte santo no
habrá quien haga ningún daño. El Señor la ha dicho" (Isaías 65:25).
"No dejen descansar al Señor" hasta el día en que los pueblos
"convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ningún
pueblo volverá a tomar las armas contra otro ni a recibir instrucción
para la guerra" (Isaías 2:4).
Esperamos el cumplimiento de la promesa de paz eterna de Dios, no
con resignación, sino con gran gozo y esperanza activa, ya que nuestro
tiempo y lugar le pertenecen a Dios. Dios, quien hace posible la paz
terrenal, nos llama a reunirnos en la adoración. Bautizados en Cristo,
escuchamos el Evangelio y compartimos la Santa Comunión, el anticipo
del banquete de paz que está por venir. El Espíritu Santo nos envía a
nuestras comunidades cotidianas a ser agentes en favor de la paz. Se
nos convoca a orar y a vivir por la paz en el mundo de Dios.
Cumplimos con la liturgia y nos dispersamos, confiando en que la
paz de Dios en Cristo Jesús, "que sobrepasa todo entendimiento"
(Filipenses 4), va con nosotros y nos prepara para ser hacedores de la
paz.
"Vayan en paz, sirvan al Señor.
A Dios gracias."
Resoluciones de
implementación promulgadas por la Asamblea Bienal de la IELA en 1995
Se resolvió:
1. Adoptar el documento titulado "Por la Paz en el Mundo de
Dios" como un pronunciamiento social de esta iglesia para ser
utilizado de conformidad con el entendimiento trazado en el documento:
"Pronunciamientos Sociales de la Iglesia Evangélica Luterana en
América: Principios y Procedimientos," el cual fue adoptado en la
Asamblea Bienal de la IELA en 1989 (CA89.3.14).
2. Hacer un llamado a los miembros de esta iglesia a renovar
nuestra oración por la paz, nuestra identidad como una comunidad en
favor de la paz, y nuestro estudio del testimonio bíblico en favor del
Dios de paz, utilizando este pronunciamiento para ayudarles a formar
sus juicios y a llevar a cabo su compromiso de vivir una fe activa por
la paz.
3. Hacer un llamado a nuestras congregaciones y líderes
profesionales para que observen de nuevo cómo nuestra liturgia,
predicación, himnodia y oraciones personifican el poder divino por la
paz y nuestro llamado a la paz.
4. Encomendar a los ministerios de educación, servicio y
abogacía de esta iglesia para que en nuestro nombre trabaje por la
paz; dirigir a unidades de la iglesia a revisar sus programas y sus
principales orientaciones programáticas a la luz de este
pronunciamiento social, con la intención de fortalecer el testimonio
de esta iglesia hacia la paz mundial, y convocar a los miembros a
apoyar tales ministerios.
5. Dirigir a la División para la Iglesia en la Sociedad, en
coordinación con otras unidades (particularmente la División para
Ministerios Congregacionales), a proveer liderazgo, consulta y
recursos educativos y de adoración para congregaciones, tomando como
base este pronunciamiento.
6. Convocar a los miembros a ofrendar generosamente a la
Iglesia Evangélica Luterana en América y a su Programa para Aliviar el
Hambre Mundial, para que la Federación Luterana Mundial, la Ayuda
Luterana Mundial, el Servicio Luterano de Inmigración y Refugiados, y
nuestras agencias ecuménicas compañeras puedan hacer más por ayudar a
aliviar las causas y consecuencias de la guerra, a resolver
conflictos, y a edificar la paz; y a hacer un llamado a los miembros a
que participen activamente en estos ministerios.
7. Exhortar a las instituciones educativas de esta
iglesia—escuelas diurnas, colegios y universidades, seminarios,
centros de educación continuada y campamentos—a que revisen sus
programas a la luz de este pronunciamiento, para promover el estudio
de la paz y los asuntos globales.
8. Hacer un llamado a los miembros y líderes de esta iglesia
a apoyar a nuestros jóvenes en su lucha por definir su identidad y su
vocación como hacedores de la paz en el presente y en el futuro, y a
hacer un llamado a los pastores y pastoras y educadores para animar a
nuestros jóvenes a considerar diversas formas de servicio voluntario
que contribuyan a la paz.
9. Compartir este pronunciamiento social con otras iglesias
de la Federación Luterana Mundial, el Consejo Mundial de Iglesias y
nuestros otros compañeros ecuménicos como un signo de nuestro
compromiso por trabajar juntos en favor de la paz y la justicia.
10. Enviar este pronunciamiento social al Presidente de los
Estados Unidos, a nuestros representantes electos en el Senado y la
Cámara de Representantes de los Estados Unidos; al Secretario de
Estado de los Estados Unidos, y al Secretario General de las Naciones
Unidas, como una señal de nuestro compromiso por trabajar con ellos
por un mundo más pacífico.
Notas al Calce
1. Los pronunciamientos sociales sobre la paz y los asuntos
globales de la Iglesia Luterana Americana (ALC) y la Iglesia Luterana
en América (LCA) son una señal de este legado. Afirmamos y buscamos
construir sobre estos pronunciamientos: "Mandate for Peacemaking" ["El
Mandato para Trabajar por la Paz"] (ALC, 1982), "Conscientious
Objection" ["Objeción de Conciencia"] (LCA, 1968), "World Community"
["La Comunidad Mundial"] (LCA, 1970), "Human Rights" ["Los Derechos
Humanos"] (LCA, 1978), y "Peace and Politics" ["La Paz y la Política"]
(LCA, 1984).
2. Romanos 15:33; 16:20; 1 Corintios 14:33; 2 Corintios
13:11; Filipenses 4:9; 1 Tesalonicenses 5:23; 2 Tesalonicenses 3:16;
Hebreos 13:20.
3. Colosenses 1:15-20; Filipenses 2:10-11; Romanos 8:19-25;
1 Corintios 15:23-25.
4. Ver el pronunciamiento social de la IELA: "La Iglesia en
la Sociedad: Una Perspectiva Luterana," 1991, págs. 5-8.
5. Ver el mensaje sobre "Violencia en la Comunidad,"
adoptado por el Consejo de la Iglesia de la IELA, abril de 1994.
6. Confesión de Augsburgo, Artículo XVI, anotar también su
referencia a Hechos 5:29. "Debemos obedecer a Dios en vez de a
cualquier autoridad humana." La ley y la espada tienen que ser los
siervos de Dios para evitar el mal y proveer el orden (Romanos
13:1-7). Sin embargo, la autoridad política puede en sí convertirse en
la encarnación del mal (Apocalipsis 13).
7. Para más información sobre la enseñanza de la guerra
justa/injusta, ver "La Paz: Un Regalo de Dios, Nuestra Tarea" (IELA,
1993) págs. 41-43. Para estudio congregacional, consulte el libro en
inglés de Joseph L. Allen, War A Primer for Christians-Crusade,
Pacifism, Just War (Nashville: Abingdon Press, 1991).
8. "Peace and Politics" ["La Paz y la Política"], pág. 5;
"Mandate for Peacemaking" ["El Mandato para Trabajar por la Paz"],
págs. 5, 7.
9. "La Iglesia Evangélica Luterana en América apoya a
aquellos de sus miembros que conscientemente se oponen a participar en
el servicio militar en todo momento, aquellos que conscientemente se
oponen a participar en alguna guerra en particualr o en actividad
militar (tal como el oponerse al uso de armas de destrucción masiva en
combate), y aquellos que en conciencia escogen participar en el
servicio militar." (Resolución adoptada por la Convención
Constituyente de la Iglesia Evangélica Luterana en América, 1987).
10. Martín Lutero escribió que todos los cristianos deben:
"revestirse de" su prójimo, y conducirse a sí mismos hacia el prójimo
como si ellos "estuviesen en su lugar." El libro en inglés titulado:
"The Freedom of the Christian" ["La Libertad de los Cristianos"], tr.
por W.A. Lambert y editado por Harold J. Grimm, en Luther's Works, pg.
31 (Philadelphia: Muhlenberg Press, 1957) pg. 371.
11. Ver el pronunciamiento social de la IELA: "La Violencia
en la Comunidad."
12. Ver el pronunciamiento social de la IELA: "El Cuidado de
la Creación: Visión, Esperanza y Justicia," 1993.
13. En 1993 los Estados Unidos se clasificaron en último
lugar entre 21 naciones industrializadas, según la Organización para
Apoyo y Desarrollo Económico. Ver "10 Myths and Realities of Foreign
Aid" ["10 Mitos y Realidades sobre Ayuda Extranjera"] (Washington,
D.C.: Interacción, 1994).
14. Ver Dorothy V. Jones, Code of Peace: Ethics and Security
in the World of the Warlord States [Código de Paz: Ética y Seguridad
en el Mundo regido por jefaturas militares] (Chicago: University Press
of Chicago, 1991).
15. Esto incluye fortalecer el apoyo de los Estados Unidos
para la Corte Internacional de Justicia. "En aras de la confianza
fortalecida en las estructuras evoluncionantes de instituciones y ley
internacionales, las naciones que sostienen reservas autojuzatorias al
Estatuto de la Corte Internacional de Justicia por lo que ellos se
reservan el derecho de rechazar si la jurisdicción de la Corte
revocara estas reservas." Ver "World Community" ["La Comunidad
Mundial"], (Pronunciamiento Social de la LCA, 1970) pág. 2.
16. "Peace and Politics" ["La Paz y la Política"], pág. 8.
17. Para obtener más información sobre estas formas de
servicio, ver Mary Evelyn Jegen, SND, Seeds of Peace, Harvest for
Life: Report on a Global Peace Service Consultation [Semillas de Paz,
Cosecha para la Vida: Reporte sobre un servicio de consulta sobre la
paz global], de una consulta internacional en el Centro Eclesial para
las Naciones Unidas, en Nueva York, NY, del 18 al 20 de noviembre de
1993 (St. Meinrad, Indiana: Abbey Press, 1994).
18. Ver la resolución «Civil Desobedience" ["La
Desobediencia Civil"], adoptada por la Convención Constituyente de la
Iglesia Evangélica Luterana en América, 1987. También, el
pronunciamiento social: "Human Law and the Conscience of Believers"
["La Ley Humana y la Conciencia de Creyentes"] (ALC, 1984).
Derechos reservados © 1995 Iglesia Evangélica Luterana
en América. Producido por el Departamento de Estudios, División para la Iglesia
en la Sociedad. Se concede permiso para reproducir este documento según sea
necesario, con la condición de que cada copia contenga el derecho de
reproducción impreso anteriormente.
|