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Pronunciamientos Sociales en Español | El Cuidado de
la Creación

Adoptado por más de dos
terceras partes del voto mayoritario como un pronunciamiento social, de la
Iglesia Evangélica Luterana en América, por la tercera asamblea bienal
el 31 de agosto de 1993, en Kansas City, Misurí.
Prólogo
El interés y la preocupación del
cristiano por el medio ambiente están fundados en la Palabra de Dios
anunciada en la creación, en el amor de Dios suspendido de la cruz, en el
hálito de Dios renovando diariamente la faz de la Tierra.
Nosotros, en la Iglesia Evangélica
Luterana en América, estamos profundamente preocupados por el medio
ambiente, tanto a nivel local como global, tanto como miembros de una
iglesia como miembros de la sociedad. Aun cuando participamos en la
discusión política, económica y científica, sabemos que el cuidado del
planeta es un tema profundamente espiritual.
Como cristianos luteranos confesamos que
tanto nuestro testimonio sobre la bondad de Dios en la creación, como
nuestra aceptación de la responsabilidad que conlleva el cuidado de la
Tierra, han sido a menudo débiles y titubeantes. Este pronunciamiento:
- ofrece una visión de las intenciones
de Dios hacia la creación y la humanidad como mayordomos de la
creación;
- acredita como causa principal de la
crisis del medio ambiente la separación de la humanidad tanto de Dios
como del resto de la creación;
- reconoce la gravedad de la crisis; y
- expresa esperanza y responde al llamado
a la justicia y al compromiso.
Este pronunciamiento nos convoca, más
precisamente, a una reapropiación fiel de la visión bíblica.
I. La Visión de la Iglesia Sobre
la Creación
A. Dios, la Tierra, y todas las
criaturas
Vemos la expoliación del medio ambiente
como nada menos que la degradación del don gratuito y divino de la
creación.
Las Escrituras dan testimonio de Dios como
creador de la Tierra y de todo lo que en ella habita (Sal. 24:1). Los
credos, que guían nuestra lectura de las Escrituras, proclaman al Dios
Padre de Jesucristo como "el creador del Cielo y de la Tierra";
Jesucristo es "por quien todas las cosas fueron hechas"; y el
Espíritu Santo es "el Señor y Dador de la vida" (Credo Niceno).
Dios bendice al mundo y lo considera
"bueno," inclusive antes de que la humanidad entrase en escena.
Toda la creación, no sólo la humanidad, es considerada "muy buena"
en la perspectiva divina (Gén. 1:31). Dios continúa bendiciendo al mundo:
"pero si envías tu aliento de vida, son creados, y así renuevas el
aspecto de la Tierra" (Sal. 104:30). Por medio de la fe comprendemos
que Dios se halla profunda, misteriosa, e incesantemente envuelto en lo
que sucede con la creación. Dios derrama su cuidado y protección sobre
las aves y las flores (Mt. 6:26-30), y brinda la lluvia "en el
desierto, en lugares donde nadie vive" (Job 38:26).
La Encarnación es central en nuestra
visión de la profunda participación de Dios en la creación. En Cristo,
la Palabra se hizo carne con un sentido salvífico para toda la creación
que aún espera su plenitud (Rm. 8:18-25). La Palabra llega aún a
nosotros por medio de las aguas bautismales, y en, con y bajo el pan y el
vino, frutos de la tierra y del trabajo de las manos humanas. Estemos
donde estemos, Dios llega consistentemente a nosotros a través de la
materia creada.
B. Nuestro lugar en la creación
La humanidad se encuentra íntimamente
entrelazada con el resto de la creación. Nosotros, como toda criatura,
somos formados de la tierra misma (Gn. 2:7,9,19). Las Escrituras hablan
del parentesco con otras criaturas (Sal. 104, Job 38-39). Dios cuida
fielmente de todos nosotros, y juntos entonamos "el himno
universal" (Liturgia Luterana, p.19; Sal. 148). Esperamos con
anticipación la redención que abarca la creación en su totalidad (Ef.
1:10).
Los seres humanos, puestos al servicio de
Dios, juegan un rol especial en favor de toda la creación. Hechos a
imagen de Dios, somos llamados a cuidar de la Tierra de la manera en que
Dios mismo la cuida. El mandamiento de Dios de someter y gobernar la
Tierra no es licencia para dominar y explotar. El dominio humano (Gén.
1:28; Sal. 8), una responsabilidad especial, debería reflejar el modo de
gobernar de Dios como el rey-pastor que adopta la servitud (Fil. 2:7),
llevando una corona de espinas.
Según Génesis 2:15, nuestro rol en la
creación es servir y cuidar del jardín de Dios, la Tierra. "Servir,"
traducido a menudo por "cultivar," nos invita a percibirnos como
servidores, mientras que "cuidar" nos invita a dedicarnos a la
Tierra de la manera en que Dios nos cuida y protege (Núm. 6:24-26).
Somos llamados a dar nombre a los animales
(Gén. 2:19-20). Como Dios da nombre a Israel y a toda la creación (Is.
40:26; 43:1; Sal. 147:4), y como el pastor llama por su nombre a cada
oveja (Jn. 10:3), el hecho de nombrar nos une en una relación solidaria.
Más aun, se espera que vivamos dentro de la alianza que Dios establece
con toda criatura viviente (Gén. 9:12-17; Os. 2:18), inclusive con el
día y la noche (Jer. 33:20). Debemos amar a la Tierra como Dios nos ama.
Somos llamados a vivir según la
sabiduría de Dios en la creación (Prov. 8), una sabiduría que unifica
la verdad y la bondad de Dios. La sabiduría, modo en que Dios gobierna la
creación, puede discernirse en toda cultura y en toda era, y de maneras
diferentes. En nuestra época, la ciencia y la tecnología nos pueden
ayudar a descubrir cómo vivir según la sabiduría creadora de Dios.
Tal cuidado, servicio, amor y vida acorde
a la sabiduría, resumen lo que significa actuar como mayordomos de Dios
en la Tierra. La responsabilidad por la Tierra, un don que Dios nos otorga,
dignifica a la humanidad sin degradar al resto de la creación. Dependemos
de Dios, quien nos ha situado en medio de una red viviente que nos
relaciona unos con otros y con la creación entera.
II. La Urgencia
A. El pecado y la cautividad
No satisfechos de ser hechos en la imagen
de Dios (Gén. 3:5; Ez. 28:1-10), hemos sublevado y trastornado la
creación. Al igual que el antiguo Israel, experimentamos la naturaleza
como un instrumento del juicio divino (cfr. Dt. 11:13-17; Jer. 4:23-28).
Una naturaleza trastornada implica un juicio sobre nuestra infidelidad
como mayordomos.
Alienados de Dios y de la creación, y
buscando nuestra propia notoriedad (Gén. 11:4), caemos en las garras de
poderes demóniacos e instituciones injustas (Gal. 4:9; Ef. 6:12; Ap.
13:1-4). En nuestra cautividad tratamos a la Tierra como un depósito
inacabable, permitiendo a los poderosos explotar sus riquezas en provecho
propio (Am. 5:6-15). Nuestro pecado y cautividad se encuentran a la raíz
de la crisis presente.
B. La crisis presente
La Tierra es un planeta colmado de belleza
y abundancia; el sistema que mantiene la vida en el planeta es maravillosa
mente intrincado e increíblemente complejo. Pero hoy día las criaturas
vivientes, junto al aire, la tierra y el agua que las sustentan, enfrentan
peligros sin precedentes. Muchos de estos peligros son mundiales; la
mayoría derivan directamente de la actividad humana. Nuestras prácticas
habituales pueden llegar a alterar de tal modo nuestro mundo que éste, en
el futuro, no podrá sustentar la vida de la manera en que la conocemos.
Un doble problema pone en peligro los
esfuerzos para lograr un futuro sustentable: el excesivo consumo por parte
de las naciones industrializadas, y el incesante crecimiento de la
población mundial. Estos problemas emanan de las injusticias sociales,
aparte de intensificarlas. El crecimiento global de la población, por
ejemplo, se relaciona con la falta de planificación familiar accesible,
servicios para el cuidado de la salud, buena educación, empleos de buen
nivel e igualdad de derechos para las mujeres.
La degradación del medio ambiente tiene
un efecto cumulativo. Las decisiones que afectan una localidad
frecuentemente afectan al planeta en su totalidad. Los daños al medio
ambiente son alarmantes:
- el agotamiento de recursos no
renovables, especialmente el petróleo;
- la pérdida de la variedad de vida a
causa de la rápida destrucción de los hábitats;
- la erosión de la tierra fértil a
raíz de prácticas agrícolas y forestales no sustentables;
- la contaminación del aire a causa de
las emisiones tóxicas de industrias y vehículos, y del agua por
medio de productos químicos;
- el incremento del volumen de residuos;
y
- la prevalencia de precipitaciones
ácidas, dañando bosques, lagos y ríos.
De acuerdo a la preponderante evidencia
suministrada por científicos de todo el mundo, aun más difundidas y
serias son:
- la reducción de la capa protectora de
ozono por el uso de compuestos volátiles conteniendo cloro y bromo; y
- el peligroso incremento de la
temperatura mundial causada por la acumulación de gases dañinos,
especialmente dióxido de carbono.
La idea de la Tierra como fuente ilimitada
de recursos es tanto falsa como peligrosa. Eventualmente, el daño al
medio ambiente afectará a la mayoría de los pueblos a través del
incremento de conflictos sobre recursos escasos, deterioro de la seguridad
alimenticia y una mayor vulnerabilidad a las enfermedades.
En verdad, nuestra iglesia ya ha ejercido
su ministerio con y hacia gente que,
- conoce por experiencia propia los
efectos del deterioro ambiental ya que trabajan en industrias
contaminantes, o porque viven próximos a incineradores o vertederos
de desechos;
- opta entre preservar el medio ambiente
o continuar dañándolo a fin de vivir en el derroche o simplemente
para sobrevivir; y
- no puede vivir de los bosques, mares, o
suelos que han sido extenuados o protegidos por la ley.
En nuestro ministerio aprendemos sobre la
magnitud de la crisis del medio ambiente, su complejidad y el sufrimiento
que ésta conlleva. La satisfacción de las necesidades de alimento,
vestido y vivienda para las generaciones presentes requiere un medio
ambiente apto y apropiado. La acción para contrarrestar esta degradación,
especialmente durante ésta década, es esencial para el futuro de
nuestros hijos y sus descendientes. El tiempo se agota.
III. La Esperanza
A. El don de la esperanza
El pecado y la esclavitud, manifestados en
las amenazas al medio ambiente, no son sin embargo la última palabra. En
medio de nuestras dificultades, Dios se dirige a nosotros a través de la
gracia del "perdón de los pecados, vida, y salvación" (Martín
Lutero, Catecismo Menor). Por la cruz y la resurrección de Jesucristo
Dios nos libera de nuestro pecado y esclavitud, facultando y
comisionándonos a ser servidores dedicados con amor a la creación.
Aunque seguimos siendo pecadores, somos
liberados de nuestra vieja esclavitud. Somos ahora conducidos por la
promesa de Dios de bendiciones aún por realizarse. Por medio de la
promesa divina dejamos de estar esclavizados a los poderes demóniacos y a
las instituciones injustas. Somos prisioneros de la esperanza (Zac.
9:11-12). Capturados por la esperanza, proclamamos que Dios ha hecho la
paz con todas las cosas por medio de la sangre de su cruz (Col. 1:15-20),
y que el Espíritu de Dios, "Dador de la vida," renueva la faz
de la Tierra.
Capturados por la esperanza, esperamos y
soñamos con una nueva creación. Dios no sólo subsana las heridas de
esta creación causadas por el pecado humano. Al fin de los tiempos, Dios
llevará todas las cosas a su consumación en un "cielo nuevo y
tierra nueva...en las cuales todo será justo y bueno" (2 Pe. 3:13).
La creación--ahora cautiva de la ruptura y la muerte--conocerá la
libertad que la aguarda.
B. Esperanza en la acción
Damos testimonio de la esperanza que nos
inspira y anima. Anunciamos esta esperanza a todas las personas, y damos
testimonio de la obra renovadora del Espíritu de Dios. Deberíamos ser,
aquí y ahora, heraldos de la nueva creación que se aproxima, un modelo
vivo.
Nuestra tradición nos deja entrever
atisbos de la esperanza triunfando sobre la desesperación. En el antiguo
Israel, cuando Jerusalén se encontraba bajo asedio y el pueblo se hallaba
en la vera del exilio, Jeremías compraba un lote de tierra (Jer. 32).
Cuando se le preguntó a Martín Lutero que haría si el mundo se acabase
mañana, cuentan que respondió: "Plantaría hoy un manzano."
Cuando nosotros nos enfrentamos a la crisis de hoy, no caemos en la
desesperación. Actuamos.
IV. El Llamdo a la Justica
Cuidado, servicio, protección, amor y
vida en sabiduría se traducen en la justicia en las relaciones políticas,
económicas, sociales y ambientales. Justicia, en estas relaciones,
significa honrar la integridad de la creación y procurar la equidad
dentro de la familia humana.
En la esperanza de la plenitud prometida
por Dios es que escuchamos el llamado a la justicia; es en la esperanza
que actuamos. Cuando actuamos interdependientemente y en solidaridad con
la creación, hacemos justicia. Servimos y conservamos la Tierra,
confiando en que su generosidad será suficiente para todos, y sustentable.
A. Justicia a través de la
participación
Vivimos dentro de la alianza que Dios hace
con todas las criaturas vivientes, y por lo tanto estamos en relación con
ellas. El principio de participación significa que las criaturas
tienen el derecho de ser escuchadas y sus intereses considerados a la hora
de tomar decisiones.
A la creación—tanto generaciones
presentes como futuras—se le debe dar voz. Debemos escuchar a los que
laboran en la pesca, cosechan en las selvas y bosques, labran la tierra, y
extraen minerales, como así también a aquellos que procuran la
conservación, protección y preservación del medio ambiente.
Reconocemos numerosos obstáculos para la
participación. Frecuentemente la gente carece del poder económico o
político para participar plenamente. Son bombardeados con información ya
manipulada, y presa fácil de las presiones de intereses sectoriales. Los
intereses del resto de la creación son inadecuadamente representados en
las decisiones humanas.
Oramos, por lo tanto, para que nuestra
iglesia pueda convertirse en una instancia donde diferentes grupos puedan
encontrarse, donde puedan tratarse asuntos difíciles y donde se procure
el bien común.
B. Justicia a través de la solidaridad
La creación depende del Creador, y es
interdependiente en sí misma. El principio de la solidaridad significa
que nos hallamos juntos como creación de Dios.
Somos llamados a reconocer esta
interdependencia con otras criaturas, a la vez que actuamos local y
globalmente en favor de toda la creación. Por otra parte, la solidaridad
también nos insta a solidarizarnos con las víctimas de incendios,
inundaciones, terremotos, tormentas y otros desastres naturales.
Reconocemos, sin embargo, que hemos roto
fila de diversas maneras con la creación. A menudo la Tierra y sus
habitantes son despojados por los ricos y poderosos. La degradación del
medio ambiente ocurre allí donde la gente tiene poca o ninguna voz en las
decisiones, debido a la discriminación racial, sexual o económica. Esta
degradación agrava su situación y aumenta el número de los atrapados
por la pobreza urbana y rural.
Oramos, por lo tanto, por la humildad y
sabiduría necesarias a fin de acompañar a la creación, y por la
fortaleza para acompañar a los que realizan tareas en favor del medio
ambiente, cuyos esfuerzos son llevados a cabo bajo riesgo personal.
C. Justicia a través de la suficiencia
La Tierra y su plenitud pertenecen al
Señor. Por lo tanto ninguna persona o grupo posee un derecho absoluto
sobre la Tierra y sus productos. El principio de la suficiencia
significa suplir las necesidades básicas de toda la humanidad, al igual
que las necesidades de la creación en su totalidad.
En un mundo de recursos limitados, el
hecho de que todos tengan lo suficiente significa que aquellos con más
que suficiente deberán cambiar sus pautas de adquisición y consumo. El
principio de la suficiencia nos exige trabajar entre todos y con el medio
ambiente a fin de satisfacer las necesidades sin causar agobios
adicionales.
La suficiencia también nos insta a que
cuidemos de la tierra cultivable, de manera que continúe disponible
comida y fibra suficientes para satisfacer la necesidad humana. Afirmamos,
por consiguiente, el gran número de mayordomos de la tierra quienes han
estado y continúan conservando la buena tierra que el Señor nos ha dado.
Reconocemos la existencia de muchas
fuerzas actuando en detrimento de la suficiencia. A menudo buscamos el
logro personal por medio de la adquisición. Fundamos nuestras estructuras
políticas y económicas sobre la codicia y la distribución desigual de
bienes y servicios. Como es de esperarse, muchos son privados de los
recursos para una vida decente y digna.
Oramos, por lo tanto, por la firmeza para
cambiar nuestras vidas públicas y privadas, con el fin de que halla
suficiente para todos.
D. Justicia a través de la
sustentabilidad
Las tradiciones hebreas sobre el sábado y
el jubileo nos recuerdan de que no debemos apremiar incesantemente a la
creación en aras de acrecentar la productividad (Ex. 20:8-11; Lev. 25). El
principio de la sustentabilidad significa proveer un nivel de vida
aceptable para las generaciones contemporáneas sin comprometer la de
generaciones venideras.
La protección de las especies y de sus
hábitats, la preservación de tierras y aguas limpias, la reducción de
desperdicios, el cuidado de la tierra...éstas son prioridades. Pero la
producción de bienes y servicios básicos, la distribución equitable, el
acceso a los mercados, la estabilización de la población, la buena
educación, el empleo pleno...también son prioridades.
Reconocemos los obstáculos para la
sustentabilidad. El crecimiento económico que ignore el costo ambiental,
y la conservación de la naturaleza que ignore el costo humano, no son
proyectos sustentables. Ambos llevarán a la injusticia y, eventualmente,
a la degradación del medio ambiente. Sabemos que una economía sana sólo
puede existir dentro de un medio ambiente sano, pero que también es
difícil promover en nuestras decisiones ambas consideraciones.
El principio de la sustentabilidad convoca
a nuestra iglesia, en su trabajo global con los pobres, a procurar
estrategias de desarrollo sustentables. Este principio también convoca a
nuestra iglesia a apoyar, en los Estados Unidos y el Caribe, a los
granjeros empleando métodos agropecuarios sustentables, como así
también alentar una producción sustentable por parte de las industrias.
Nos convoca a cada uno de nosotros, en todos los aspectos de nuestra vida,
a comportarnos de manera consistente con la sustentabilidad a largo plazo
de nuestro planeta.
Oramos, por lo tanto, por la creatividad y
dedicación para convivir más benignamente con la Tierra.
V. Compromisos de Esta Iglesia
Nosotros, miembros de la Iglesia
Evangélica Luterana en América, respondemos al llamado por la justicia y
nos comprometemos con sus principios—participación, solidaridad,
suficiencia y sustentabilidad. Al aplicar estos principios en situaciones
específicas enfrentamos decisiones obstaculizadas por los límites
humanos y el pecado. Actuamos no porque tengamos certeza sobre el
resultado, sino porque confiamos en nuestra salvación por medio de Cristo.
El comportamiento humano puede cambiar a
causa de incentivos económicos, la culpa con respecto al pasado, o del
miedo al futuro. Pero como pueblo que confiesa la fe bíblica, viviendo
juntos en confianza y esperanza, nuestra motivación principal la
constituye nuestro llamado a ser mayordomos de Dios y hacer justicia.
Celebramos la visión de esperanza y
justicia para la creación, y nos dedicamos renovadamente a esta visión.
Actuaremos en base a la convicción de que, al igual que el Espíritu
Santo renueva nuestras mentes y corazones, nosotros también debemos
reformar nuestros hábitos y estructuras sociales.
A. Como individuos cristianos
Como miembros de esta iglesia nos
comprometemos a implementar estilos de vida que contribuyan a la salud y
bienestar del medio ambiente. Numerosas organizaciones proveen materiales
y recursos útiles para guiarnos en la evaluación de posibilidades, y
para implementar cambios apropiados a nuestras circunstancias.
Nos desafiamos—particularmente teniendo
en cuenta a los más pudientes--a implementar el diezmo ambiental. Este
diezmo reduciría nuestras demandas sobre la generosidad de la Tierra
engendrando un diez por ciento menos de residuos, consumiendo un diez por
ciento menos de recursos no renovables, y contribuyendo los ahorros
resultantes a proyectos dedicados al cuidado y la protección del medio
ambiente. El diezmo ambiental también implica aprender sobre los
problemas del medio ambiente, y trabajar junto a otras personas en busea
de soluciones.
B. Como comunidad de adoración y
aprendizaje
1. La congregación como centro de
concientización sobre la creación
Cada congregación debería concebirse
como un centro de estudio y reflexión sobre los fundamentos bíblicos y
teológicos para el cuidado y la responsabilidad hacia la creación.
La concientización puede ser promovida
por personas que ya se encuentran en nuestro medio, por ejemplo:
nativoamericanos, que a menudo poseen una sensibilidad especial acerca de
la intimidad humana con la tierra; científicos, ingenieros y técnicos,
quienes nos ayudan a vivir según la sabiduría divina en la creación;
expertos en la conservación y protección del medio ambiente; y aquellos
que se dedican a la tierra y el mar. También aprenderemos de aquellos que
han sufrido el severo impacto de la degradación ambiental.
2. Énfasis en la creación dentro del
calendario eclesiástico
Las congregaciones cuentan con numerosas
oportunidades durante el año para concentrarse en el tema de la creación.
Entre éstas encontramos el día de Acción de Gracias, los festivales
relacionados a las cosechas y las bendiciones de campos, aguas, plantas y
animales. Numerosas congregaciones observan el Día de la Tierra y la
semana de mayordomía hacia las aguas y suelos. Como iglesia designamos el
segundo domingo después de Pentecostés como Domingo de la Mayordomía de
la Creación, con sus lecturas apropiadas.
3. Educación y comunicación
Esta iglesia alentará a los que
desarrollen materiales litúrgicos, homiléticos y educacionales
celebrando la creación de Dios. Un currículum expandido, para uso en los
contextos de educación cristiana, empleará materiales ya existentes.
Fomentaremos en las publicaciones de la iglesia crónicas sobre el medio
ambiente, e invitaremos a la cobertura—por parte de los medios de
difusión masiva—de las actividades y eventos de esta iglesia en
relación al medio ambiente.
4. Programas en la iglesia
Esta iglesia elogia la educación sobre el
medio ambiente que ya se realiza a través de esfuerzos sinodales y
regionales; campamentos; universidades, seminarios y educación continua;
y el Programa para Aliviar el Hambre. Especialmente elogiamos el
Departamento para la Mayordomía Ambiental de esta iglesia por su red de
mayordomos del medio ambiente, su asesoramiento a los miembros e
instituciones de la iglesia sobre nuevos métodos de cuidado y
preservación, y por sus materiales y recursos para empleo en las
auditorías ambientales.
C. Como modelo vivo
Como congregaciones y otras expresiones de
esta iglesia, buscaremos incorporar los principios de la suficiencia y
sustentabilidad en nuestra vida. Abogaremos por el diezmo ambiental, y
tomaremos otras medidas que limiten el consumo y reduzcan los desechos. En
la consideración del presupuesto e inversiones de los fondos de la
iglesia daremos muestra de nuestro cuidado y responsabilidad por la
creación. Llevaremos a cabo auditorías ambientales seguidos de chequeos
que aseguren nuestro continuo compromiso.
D. Como una comunidad de deliberación
moral
Como congregaciones y otras expresiones de
esta iglesia, nos modelaremos al principio de la participación. Serán
bienvenidas la contribución de diferentes perspectivas y experiencias a
nuestra discusión sobre asuntos del medio ambiente tales como:
- los vertederos de residuos nucleares y
tóxicos;
- la tala de árboles en bosques y selvas
centenarias;
- los hábitos personales en el consumo
de alimentos;
- las prácticas agrícolas;
- el tratamiento de animales en la cría
de ganado, experimentos en laboratorios y caza;
- la planificación del uso de la tierra;
y
- asuntos concernientes a la
alimentación, desarrollo y población mundial.
Examinaremos cómo el daño al medio
ambiente es influenciado por el racismo, sexismo y clasismo; y cómo a la
vez la crisis del medio ambiente agudiza las discriminaciones raciales,
sexuales y de clase. Incluiremos en nuestra deliberación personas que
estén afectadas o sufren con estos problemas, personas cuya seguridad
económica está en juego, y expertos en las ciencias naturales y sociales.
Esta iglesia jugará un rol para acercar
partes en conflicto, no sólo entre los miembros de la iglesia, sino
también entre los miembros de la sociedad. La presencia difundida de esta
iglesia, al igual que su credibilidad, nos ofrecen una oportunidad única
para mediar, resolver conflictos y avanzar hacia consensos.
E. Como intercesora y defensora
Los principios de participación,
solidaridad, suficiencia y sustentabilidad darán forma a nuestra
intercesión y defensa—en barrios y regiones, nacional e
internacionalmente. Nuestra intercesión y defensa continuarán en forma
asociada: ecuménicamente y con aquellos que compartan nuestro interés y
preocupación por el medio ambiente.
La defensa e intercesión por la creación
poseen más influjo cuando son realizadas por individuos compenetrados con
el tema, o por grupos locales. Alentaremos sus contactos con gobiernos y
entidades privadas, participación en audiciones públicas, compras e
inversiones selectivas, y participación en los comicios.
Apoyaremos a los que ésta iglesia ha
designado para llevar adelante tareas de intercesión y defensa a nivel
estatal, nacional e internacional. Acompañaremos a los que entre nosotros
se hallasen aislados o en posiciones vulnerables a causa de su lucha por
la justicia.
1. Sector privado
Esta iglesia deliberará con las empresas
sobre la manera de promover justicia en la creación. Dialogaremos con
líderes empresariales sobre la salud de los trabajadores, consumidores y
del medio ambiente. Invitaremos las ideas y preocupaciones del sector
empresarial en cuanto a acciones responsables del medio ambiente.
Exhortaremos a que las empresas implementen principios ambientales
comprehensivos.
En procura de la sustentabilidad, el
gobierno puede utilizar tanto la reglamentación como los incentivos del
mercado. Fomentaremos, para este fin, una genuina cooperación entre los
sectores privados y públicos.
2. Sector público
Esta iglesia favorecerá propuestas y
acciones con respecto a temas ambientales consistentes con los principios
de participación, solidaridad, suficiencia y sustentabilidad.
Estas propuestas y acciones versarán
sobre: el consumo excesivo y el crecimiento de la población mundial; el
desarrollo, comercio y deudas internacionales; la merma en la capa de
ozono; y cambios climáticos. También procurarán: proteger las especies
y sus hábitats, proteger y asegurar la explotación apropiada de las
especies marinas; y proteger los sectores compartidos del planeta,
incluyendo los océanos y la atmósfera.
Esta iglesia apoyará las propuestas y
acciones que protejan y restituyan, en los Estados Unidos y el Caribe, el
nivel de:
- los hábitats naturales y humanos,
incluyendo mares, marismas, bosques y selvas, sabanas y desiertos,
como así también áreas urbanas;
- el aire, prestando particular atención
a los habitantes de áreas urbanas;
- el agua, especialmente el agua potable,
aguas subterráneas, decantación de aguas contaminadas, y residuos
industriales y municipales; y
- las tierras, prestando especial
atención a su uso, al desecho de residuos tóxicos, la erosión
eólica y acuática, y la preservación de campos y granjas en la
expansión urbana.
Esta iglesia procurará proyectos
legislativos que permitan a la gente participar plenamente de las
decisiones que afecten su salud y sustento. Estaremos en solidaridad con
aquellos que enfrentan directamente riesgos ambientales producidos por
materiales tóxicos, ya sea en la industria, como en la agricultura y en
el hogar. Insistiremos en la distribución equitable de los costos
involucrados en el mantenimiento de un medio ambiente saludable.
Esta iglesia promoverá la aceptación
internacional de los principios de participación, solidaridad,
suficiencia y sustentabilidad, y alentará a las Naciones Unidas en su rol
de custodio y cuidador. Colaboraremos con nuestros asociados en la
comunidad eclesial mundial, aprendiendo también de ellos sobre nuestro
compromiso con el cuidado y la protección de la creación de Dios.
Reivindicando la Promesa
Dado el poder del pecado y la maldad en
este mundo, como así también la complejidad de los problemas ambientales,
sabemos que no encontraremos una solución instantánea—ya sea
tecnológica, económica o espiritual. Un medio ambiente sustentable
requiere un sostenido esfuerzo por parte de todos.
La perspectiva de realizar muy poco y muy
tarde lleva a muchos a la desesperación. Pero como pueblo de fe,
prisioneros de la esperanza, y vehículos de la promesa divina,
enfrentamos la crisis.
Reivindicamos la promesa de "un cielo
nuevo y una tierra nueva" (Ap. 21:1) y nos unimos a la oración del
ofertorio:
"Bendito eres tú, oh Señor Dios
nuestro, creador de todas las cosas. Tu bondad nos ha bendecido con estos
dones. Con ellos nos ofrecemos nosotros mismos y dedicamos nuestras vidas
al cuidado y redención de todo cuanto tú has creado; por Aquel que se
dió a sí mismo por nosotros, Jesucristo nuestro Señor. Amén." (Liturgia
Luterana, p.26)
Derechos reservados © Setiembre de
1996 Iglesia Evangélica Luterana en América.
Producido por el Departamento de Estudios,
División para la Iglesia en la Sociedad, IELA
Se concede permiso para reproducir este
documento según se considere necesario, con la condición de que cada
copia contenga el derecho de imprenta anterior.
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